En el laboratorio de mecánica de suelos de la zona poniente, la cuchara de Casagrande sigue siendo el aparato que inicia cualquier caracterización fina. La copa de bronce golpea contra la base de caucho duro a dos golpes por segundo mientras el operador cuenta las revoluciones de la manivela. En Lo Prado, donde los depósitos aluviales del río Mapocho mezclan arcillas magras con limos arenosos, conocer el contenido de humedad justo en el que el suelo pasa de plástico a líquido define si una zapata se va a asentar más de lo previsto. El ensayo completo de límites de Atterberg entrega tres números: el límite líquido, el límite plástico y el índice de plasticidad. Con esa tríada numérica el ingeniero calculista ajusta la capacidad de soporte y anticipa cambios volumétricos durante la vida útil de la estructura.
Un índice de plasticidad superior a 20 en arcillas de Lo Prado exige revisar el potencial de expansión antes de fundar.
